Noche de gimnasio. Relatos eróticos gay.

Siempre me ha gustado ir al gimnasio por la noche.

Ya sé que lo hace mucha gente, pero todo el mundo suele ir por la noche al gimnasio por obligación.

Están los que se pasan el día trabajando y solo pueden ir cuando terminan su jornada.

Después están los estudiantes que van a clase por la tarde y la mañana se la pasan durmiendo.

O los que van a clase por la mañana y la tarde se la pasan estudiando.

En mi caso la razón es muy sencilla: Por la noche están los chicos más guapos y macizos sudando y haciendo el ejercicio que no han podido hacer a otra hora del día.

Es evidente que yo también necesito hacer ejercicio para mantener el magnífico cuerpo que tengo, aunque la razón de ir al gimnasio es que soy un mirón.

Me encanta observar los cuerpos de los hombres que van a mi gimnasio por la noche.

Los vestuarios masculinos de mi gimnasio son como una especie de caja roja de bombones, de la que sabes con certeza que cualquiera que pruebes te va a gustar, pero nada más comerlo te engordará una parte de tu cuerpo.

Mientras estoy en el vestuario disimulo. Los miro muy sutilmente y no me han pillado casi nunca.

La parte de mi cuerpo que engorda cuando los miro se mantiene muy discreta, y solo despierta cuando llego a mi casa y me imagino lo que haría con mi boca recorriendo cada centímetro de sus musculosos culos.

Y digo que no me han pillado casi nunca porque realmente hubo una única ocasión en que alguien se dio cuenta de que lo estaba devorando con la mirada. Y la verdad es que el desenlace fue sorprendente.

Eran las 10 de la noche más o menos. El gimnasio cerraba a las 10:30.

Había hecho acopio de fuerzas y me había obligado a mí mismo a hacer deporte en una extremadamente fría y desapacible noche de enero.

Además, era lunes.

En la radio decían que alguien había bautizado ese lunes del año como el “blue monday”. A mí desde luego, por lo que pasó después, me pareció más “hot” que “blue”.

La cuestión es que yo llegué al gimnasio a las 9 de la noche. Y en la sala de pesas solo estábamos otro chico y yo.

Era un chico muy guapo, y tenía un cuerpo de dios griego.

Estaba tan perfectamente musculado como el David de Miguel Ángel, y su cara era tan bella como ver un amanecer desde la playa.

Estuvimos solos todo el rato. Nadie más se animó a acercarse al gimnasio esa noche. Estaba lloviendo y hacía un frío terrible.

El chico llevaba un pantalón muy corto y muy poco ceñido, de esos abiertos de camal muy ancho, como los que llevan los corredores.

Sus piernas me estaban volviendo loco de lo musculadas que estaban, y cada vez que se tumbaba a realizar ejercicios de pectorales me acercaba discretamente y me asomaba a su entrepierna para comprobar si llevaba ropa interior debajo de los pantalones o podía atisbar alguna parte más íntima con la que pudiera fantasear en mi casa.

Y en una de mis incursiones tuve éxito.

No llevaba ropa interior.

Estaba claro porque cuando se tumbaba se le marcaba la polla completamente. Y una de las veces en las que se abrió de piernas incluso pude comprobar fugazmente y por un descuido que sus huevos estaban completamente rasurados.

No recordaba haber visto a ese chico en el gimnasio nunca a esa hora. Un cuerpo tan perfecto no se me olvidaría nunca.

Y a mitad de la sesión de pesas me di cuenta de que no solo yo era el que se acercaba donde estaba él. Realmente estábamos jugando al gato y al ratón. Yo lo perseguía a él y luego él me perseguía a mí.

El gimnasio estaba vacío y todas las máquinas estaban desocupadas, pero causalmente siempre estábamos uno al lado del otro.

Y no siempre era por mi culpa.

Cuando yo me iba él me buscaba, y viceversa.

Sin embargo, nuestras miradas no se cruzaron en todo el rato. Una hora en la sala de pesas y no podría haber dicho cuál era su color de ojos. Pero su cuerpo me estaba volviendo loco.

A las 10 de la noche decidí que ya era hora de ducharme e irme a casa. Dejé solo al adonis de la sala de pesas y subí al vestuario.

El monitor del gimnasio me dijo que no tuviera prisa que cerraba a las 10:30.

Tras entrar en el vestuario empecé a desnudarme.

Cuando me estaba quitando la camiseta oí la puerta abrirse. Todavía tenía la camiseta en la cabeza, así que no pude ver quien era.

Sin embargo, tenía claro no podía ser más que mi adonis musculoso. No había nadie más.

Me quité la camiseta del todo, me volví y lo vi.

Efectivamente, mi compañero de pesas de aquella noche había dado por finalizada también su sesión de entrenamiento y había subido justo detrás de mí.

Mi sorpresa fue que desde que entró en el vestuario no me quitó ojo, cosa que no había hecho cuando estaba en la sala de pesas.

De repente me dijo:

– He visto cómo me estabas mirando. ¿Es por algún motivo en especial?

Su forma de decírmelo no fue nada agresiva.

Más bien intentó mantener una sonrisa pícara mientras hablaba, por lo que enseguida me di cuenta de que había conseguido hacer algo que había visto en muchas películas porno y que nunca había soñado con llevar a cabo: había ligado en el vestuario de un gimnasio.

A mí no me da vergüenza nada, así que sin ruborizarme lo más mínimo contesté:

– Es que estás muy bueno. Vaya cuerpazo que tienes.

El chico sonrió y me hizo una seña con la cabeza indicando las duchas. Entonces susurró:

– El monitor no subirá hasta las diez y media y no hay nadie más. Tenemos media hora. ¿Te apetece ducharte conmigo?

No sé si fue lo que dijo o la forma en que lo dijo. El caso es que empecé a sentir un hormigueo en la entrepierna y cuando me di cuenta mi polla ya estaba marcando territorio, y apuntándole desde un prominente bulto en mi pantalón de deporte.

– Entiendo que eso significa que sí – dijo el chico mientras empezaba a desnudarse.

Me quité el resto de la ropa y observé detenidamente al desconocido efebo mientras él se desnudaba.

Era tan guapo y estaba tan bueno que estuve a punto de tener un orgasmo solo viendo cómo se bajaba los pantalones.

Tenía una polla larga y gruesa. Y las dos pelotas más grandes que había visto en mi vida.

Mi primer pensamiento cuando lo vi desnudo era que necesitaba comprobar si todo eso me cabía en la boca.

Y cuando se dio la vuelta para dejar la ropa en la taquilla y pude observar su culo, entonces mi segundo pensamiento fue si podría meter mi polla en aquel perfecto y redondeado trasero.

Aunque no me importaba si me lo podría follar o no. Solo con tocar esos músculos y meterle uno o varios dedos por su culo ya habría valido la pena.

El bello desconocido se acercó a mí y me puso una mano en la polla. Yo contesté poniendo mis dos manos en su trasero y lo acaricié suavemente, de abajo a arriba y otra vez abajo.

Su cabeza se acercó a la mía y sin darme cuenta pegó sus labios a los míos.

Cuando su lengua empezó a jugar con la mía, mi polla ya estaba completamente dura, y su mano se encargó de apretarla suavemente, usando su dedo meñique para acariciarme los huevos.

Escalofríos de placer recorrían mi cuerpo. El chico besaba como nadie.

Poco a poco despegó su boca de la mía y sin soltar mi polla con la otra mano me empujó suavemente hacia las duchas.

Nos metimos en una de las duchas y allí dimos rienda suelta a nuestra pasión.

Mi cerebro ya no me respondía. Toda mi sangre estaba concentrada en la parte inferior de mi cuerpo. Mi boca volvió a pegarse a la suya y nuestras lenguas comenzaron a entrelazarse muy suavemente.

Comencé a recorrer su fornido torso con mi mano derecha, mientras que con la izquierda cogí su polla. Ya estaba tan dura como la mía.

Ninguno de los dos habíamos cogido un condón, así que descarté el sexo anal. Demasiado fuerte para un polvo rápido en las duchas del gimnasio.

El chico apartó su cara de la mía y me miró a los ojos diciendo:

– Necesito tener tu polla en mi boca.

Después me besó el cuello y comenzó a agacharse pasando su boca por todo mi cuerpo desde el cuello hasta mi pene.

Con su lengua estuvo lamiendo mi pecho. Me dio un pequeño mordisco en mi pezón izquierdo, lo que hizo que diese un respingo como si me hubiese recorrido una descarga eléctrica.

Después bajó poco a poco flexionando sus piernas y pasando la lengua por mi barriga hasta llegar a la base de mi polla. Para entonces ya estaba de rodillas frente a mí.

Cuando su boca estuvo junto a mi polla me cogió los huevos con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetó la polla por el tronco para conducirla hasta su boca.

Mientras sujetaba mis huevos con su mano los comenzó a acariciar poco a poco. Metía y sacaba mi polla de su boca mientras me acariciaba el glande con la lengua.

Su mano izquierda soltó mi polla y me sujetó el culo, de forma que no tenía más remedio que meterle mi polla en la boca. No me podía escapar de su mamada, y en esos momentos no lo habría hecho, aunque hubiese podido.

El mundo se detuvo para mí. No consigo recordar cuánto tiempo estuvo mi bello desconocido chupándome la polla.

La metía y la sacaba de su boca muy despacio. Jugueteaba con su lengua en mi glande y después recorría con la lengua el tronco de mi nabo desde arriba hasta abajo.

Después se metía la polla entera en la boca y yo sentía una sacudida de placer cuando notaba como la punta de mi pene rozaba el fondo de su garganta.

Cuando mi polla estaba completamente dentro de su boca, el desconocido movía la cabeza adelante y atrás con movimientos rápidos y sin sufrir el más mínimo síntoma de ahogamiento.

Me estaba haciendo la mejor mamada que me habían hecho en mi vida. Le estaba follando la boca y me estaba encantando.

No tuve conciencia del tiempo que duró la mamada. Sus movimientos se repetían sin cesar, alternando el jugueteo de su lengua con meterse mi polla hasta el fondo de la garganta.

De repente mis piernas empezaron a temblar. Fue un detalle muy sutil, pero él se dio cuenta.

Yo creí que pararía para que no me corriera tan rápido. Pero no paró.

Cuando el chico se dio cuenta de que era cuestión de tiempo que yo llegase al orgasmo, intensificó sus esfuerzos.

Siguió alternando las caricias en el glande con su lengua con tragarse mi polla hasta el fondo y simular que le follaba la boca con mi nabo.

Yo ya no podía aguantar más. Mis manos también empezaron a temblar. El placer que estaba recorriendo mi cuerpo era tan exageradamente intenso que casi no podía mantenerme de pie.

Y el chico siguió y siguió, y con sus mano seguía acariciándome mis pelotas.

Entonces ya no pude aguantar más. Y pasó lo que tenía que pasar.

Como soy un chico educado, mi primera reacción fue avisarle de lo que iba a pasar.

Con una voz ronca y casi sin aliento le susurré:

– Me voy a correr.

Aunque no habría hecho falta que le dijera nada. Estaba claro que él lo sabía y lo notaba en las reacciones de mi cuerpo.

El placer que sentía en mí se intensificó de tal forma que una descarga pareció recorrerme de abajo arriba, partiendo de mi polla.

Entonces sentí como expulsaba toda la carga que tenía almacenada en mis pelotas.

Me corrí como hacía tiempo que no lo hacía.

Tuve el orgasmo más fuerte que había tenido hasta el momento.

Y mi guapo desconocido se aseguró que mi orgasmo coincidiese con el momento en que mi polla estaba metida en su boca hasta el fondo. Lo tenía todo calculado.

Mientras me corría y escalofríos de placer recorrían mis extremidades, me temblaron las piernas de tal forma que tuve que apoyar las manos en las paredes para sujetarme. Mi respiración estaba entrecortada. Me costaba respirar tanto o más que cuando estaba en la sala de pesas entrenando.

Cuando las sacudidas de placer cesaron, pude quitar las manos de la pared y mi respiración volvió a la normalidad poco a poco.

El chico no se sacó la polla de la boca del todo, sino que siguió acariciando el tronco de mi nabo con la lengua mientras que la erección me iba bajando.

No vi ni rastro de mi semen. Estaba claro que se lo había tragado todo.

Tampoco le había dado otra opción, ya que había eyaculado directamente en su garganta. Aunque estaba claro que eso era algo que él había planeado que sucediese de esa manera.

Poco a poco mi respiración volvió a la normalidad y mi polla volvió a su estado habitual.

El apuesto desconocido, que hasta ese momento había estado arrodillado, se incorporó y me dijo:

– ¿Estás bien? Nos tenemos que ir. Está a punto de llegar el monitor a cerrar.

Yo me quedé muy sorprendido. Estaba claro que había perdido la noción del tiempo.

¿Habíamos estado media hora en las duchas?

¿Este chico que no conocía de nada me había estado chupando la polla durante media hora?

Pues resultó ser que sí.

– Pero tú no te has corrido. Deja que ahora te la chupe yo a ti – Le dije susurrando sin haber recuperado el resuello del todo.

– No tenemos tiempo- siguió insistiendo – Pero si quieres puedes venirte a mi casa ahora mismo y volvemos a empezar. Me he quedado con muchas ganas de follarte y eso no lo podemos hacer aquí.

Su descaro me resultó tan atractivo y excitante que le dije que sí sin pensarlo dos veces.

Me había corrido en el gimnasio, y no solo eso.

Había tenido el mejor orgasmo de mi vida.

Y lo único que me pasaba por la cabeza era que necesitaba más. Quería mucho más de ese chico.

Quería tener su polla en mi boca.

Necesitaba degustar el sabor de aquella maravillosa polla, y probar si podría meterme sus huevos dentro de la boca.

Y también estaba deseando tener su polla metida en mi culo. Quería que me follara.

Y si podía ser, necesitaba hacerlo todo en esa misma noche.

– Por cierto, me llamo Ángel – me dijo.

– Encantado – contesté – Yo me llamo Jose.

Salimos de las duchas y nos vestimos rápidamente.

El monitor abrió la puerta y nos pilló peinándonos. Su mirada picarona evidenciaba que no se tragaba que hubiésemos tardado tanto tiempo en ducharnos.

Y entonces me fui con Ángel a su casa. Y follamos, vaya si follamos.

Pero esa historia la contaré otro día.

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