Me vuelven loco los taparrabos. Relatos sexo gay gratis.

He de confesar una gran debilidad que tengo.

Me vuelven loco los hombres con taparrabos.

Es una sensación que se escapa a mi control.

Cuando veo un hombre con un taparrabos puesto, se me nubla la mente y mis sentidos se difuminan en una sola idea en mi cabeza: la necesidad de acercarme al chico del taparrabos, arrodillarme, apartárselo y comerle la polla.

Afortunadamente no suelo tener ningún problema en mi vida diaria con este extraño fetichismo porque, reconozcámoslo, es muy complicado ver a alguien vestido con un taparrabos por la calle o en la vida cotidiana.

Sin embargo, cuando llega el carnaval, es cuando mi pervertido sentido taparrábico se descontrola y quiere follarse a cualquiera que me encuentre que lleve uno puesto.

Una vez lo conseguí.

Me follé a un chico con un taparrabos en unas fiestas de carnaval.

Me cuesta hablar de ello, porque he de reconocer que dado el fetiche tan extraño que tengo, y que al menos una vez en mi vida ya lo he satisfecho, en realidad podría suponer que he llegado al culmen de mi vida sexual.

Aunque en realidad no es así, porque después de la noche del taparrabos he seguido follando sin descanso.

Volviendo al chico del taparrabos.

Era un sábado por la noche.

Yo estaba de marcha con mis amigos.

Era la noche de carnaval, a finales de febrero, y todos íbamos disfrazados.

Yo llevaba una capa, maquillaje y unos colmillos postizos, emulando al Conde Drácula.

Hacía mucho frío, así que entramos en un pub para tomar una copa y bailar.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me di cuenta de que en el interior del pub había un chico disfrazado de indio.

A pesar del frío que hacía en la calle, su disfraz tenía muy poquita tela.

Llevaba un penacho de plumas en la cabeza, un pequeño chaleco de piel sintética cubriéndole el torso y un taparrabos.

El chaleco lo llevaba abierto, dejando entrever unos abdominales marcados y unos pectorales muy trabajados en el gimnasio.

Y el taparrabos era una fantasía extrema de tela minúscula que consistía en dos trozos de tela cuadrados, uno tapando sus partes y otro su trasero, unidos por dos cordeles que abrazaban su cintura.

Su cuerpo era perfecto, arrolladoramente sexy, y él lo sabía y no dudaba en lucirlo.

Desde que entré en el pub no pude quitarle el ojo de encima, intentando averiguar si debajo de los dos faldones del taparrabos llevaba algún tipo de ropa interior o si por el contrario llevaba al aire su polla, sus huevos y ese culo que me estaba volviendo loco.

Por otro lado, me di cuenta enseguida que era gay. Quizá quise creerlo dado que me había encaprichado de él, pero lo supuse y acerté de pleno.

Como no podía dejar de mirarle, era cuestión de tiempo que se diese cuenta de ello.

Pensaba que se iba a enfadar conmigo o me iba a mandar a tomar viento por pervertido, pero la situación se volvió mucho más caliente.

Cuando una de sus amigas le dijo que yo no paraba de mirarle, se acercó a mi sonriendo, acercó su boca a mi oreja y me dijo:

  • ¿Te gusta mi disfraz?

Yo no podría creerme que hubiese ligado tan rápida y tan fácilmente.

Mi mente trabajaba muy rápida a pesar de que casi toda mi sangre estaba en mi entrepierna, así que le contesté:

  • Me gusta muchísimo. Pero tengo una pequeña duda. ¿Llevas algo debajo del taparrabos que te sujete el paquete?

El chico se rió, al darse cuenta de que yo era tan descarado como él, y me dijo:

  • La verdad es que no. Voy con la polla y el culo al aire. ¿Quieres comprobarlo?

Yo asentí sin pestañear, con cara de golfillo salido.

Entonces el chico me cogió de la mano y tiró de mí, sorteando a toda la gente que estaba bailando alrededor nuestro, y me llevó al cuarto de baño.

Dentro del baño había un lavabo, dos urinarios y una cabina cerrada con un inodoro.

Afortunadamente para nosotros el baño estaba vacío, así que nos metimos dentro de la cabina y cerramos la puerta.

Nada más cerrarla, el chico disfrazado de indio se abalanzó sobre mí, pegando sus labios a los míos y metiéndome su lengua en la boca.

Fue sumamente delicado, jugueteando con mi lengua mientras con los labios me daba pequeños besos y succionaba los míos.

En ese momento yo ya estaba a mil revoluciones por minuto.

Y necesitaba saciar mi curiosidad, y sobre todo mi fetiche sexual.

Separé mi boca de la suya y me arrodillé en el suelo de aquel cuarto de baño mugriento.

No me importaba nada, dado el nivel de excitación que recorría mi cuerpo.

Cuando tuve la cara justo delante de su paquete, metí la mano por el lateral de la tela del taparrabos y encontré su polla de inmediato.

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No me había mentido.

No llevaba ningún tipo de ropa interior.

Eso lo hacía todo mucho más fácil.

Acaricié suavemente su polla hasta que se puso tan dura que casi me hacía daño al sujetarla, mientras que le chupaba con avidez sus pelotas.

Eran los huevos más perfectos que jamás me había echado nunca a la boca: redondos, grandes, suaves y sin un solo pelo.

El chico comenzó a gemir cuando me metí su polla en la boca.

No puedo recordar el tiempo que estuve chupándole la polla.

Quizá fueran minutos, aunque pareció que el tiempo se detenía.

El chico se corrió soltando un chorro de semen que salpicó la puerta situada detrás de mí. El resto lo pude recoger con la boca, lamiendo su glande mientras eyaculaba y se retorcía de placer.

Cuando echó toda la carga que llevaba dentro, entonces le metí la mano por detrás del taparrabos, encontrando su perfecto y redondo culo.

Le dije:

  • Ahora es mi turno.

Me levanté, le di la vuelta y me saqué la polla del pantalón.

Había estado tan ensimismado chupando la polla del chico en taparrabos, cumpliendo mi mayor fantasía, que ni me había acordado de mi propia polla.

Claramente mi pene me lo estaba echando en cara. Estaba tan duro que podría haber reventado el pantalón.

Y lo que hice fue reventarle el culo al indio del taparrabos.

No me hizo falta ni siquiera chuparle el agujero para dilatárselo. Él estaba tan cachondo todavía después de su corrida que mi polla entró en su agujerito sin esfuerzo, suave y lentamente.

Comencé a follarme al chico del taparrabos con movimientos de cadera suaves y acompasados.

Él gemía levemente. No queríamos que nadie nos oyese.

Ni siquiera me había dado tiempo a ponerme un condón, de lo cachondos que estábamos los dos. Y eso que él ya se había corrido una vez.

Me follé su culo hasta que mi polla reventó y soltó toda mi leche dentro de él. Al mismo tiempo él se había estado masturbando y se volvió a correr, esta vez encima del inodoro.

Cuando la sangre volvió a nuestras cabezas y nuestras pollas recuperaron su estado normal, nos despedimos con un beso muy cariñoso, nos vestimos y volvimos a la pista de baile.

No le di mi teléfono ni él me dio el suyo.

Debe ser de los que opinan que lo que pasa en el carnaval se queda en el carnaval.

Pero fue uno de los mejores polvos de mi vida.

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